Fotos viejas

Caminaba sobre la superficie de esa foto distante. Sus manos acariciaron el recuerdo, la infancia desplegaba sus alas y él era libre otra vez. Sus dedos, perdidos en la rugosidad de esos árboles, tocaron un tiempo viejo, rozaron horas dormidas y atraparon los sueños que se habían quedado allí, sobre aquel instante que su padre había capturado para siempre.

Recuerdos fragmentados

Rodaba entre imágenes recortadas. Las veía pasar como si quisieran fundirse en un punto de mis recuerdos. Se superponían en los vértices de unas verdades a medias, desdibujadas por el tiempo que se había llevado sus partes.
Avanzaba por un camino desconocido, tantas veces transitado, una línea sin rumbo, un haz de luz señalando la meta, acercando soles viejos donde podía encontrarte. Me entregaba a las ramificaciones del destino, dejaba caer el peso de mis pensamientos sobre esa distancia oscura que nos separaba, lento, rodando sobre las facetas de la memoria, donde nunca ha existido la distancia, donde todavía puedo mirarte.

Búsqueda

Suspiraba. Dejaba ir las toxinas que la ahogaban, los vestigios de una angustia anudada en el centro de su garganta. Suspiraba sobre esos pies que se alejaban, sus pupilas viajaban en los cordones de aquellas zapatillas azules y su mente imaginaba otra historia.
Las manos cerradas eran parte del hierro , el alma tras las rejas, cárceles inventadas para no soltar, para no arriesgarse a la libertad más allá de las zapatillas que todavía caminaban dentro suyo y se alejaban, una y otra vez, en su recuerdo.
Espiaba, las cortinas apenas corridas, el dolor en su piel, llevándola donde ella no quería, atrapada en el viento de una vida quieta, cuando de repente lo vio.
El seguía allí, inmóvil, su cuerpo inventado en la fantasía de un relato antiguo, sus virtudes intactas, héroe, príncipe, y , sin embargo, tan humano.
Tal vez era cierto lo que se decía por allí, tal vez nunca la había querido, tal vez era tiempo de saltar desde esa torre de inseguridades, de abrir la ventana y de liberarse de las rejas para ir, por fin, al encuentro de sí misma.

Espiar el pasado

Su cuerpo se fragmentaba en los dobleces de aquella esquina. Sus ojos espiaban por la ventana y sus piernas se animaban a ingresar por esa puerta en la que su infancia se había quedado quieta. Con sus brazos tocaba los muebles y un olor antiguo, mezcla de cera y caramelo, le llegaba desde adentro, entonces su olfato viajaba hacia el interior de las ausencias y se reencontraba con pedazos lejanos, olvidados en algún rincón de su memoria.
En los pliegues de su piel vibraban las formas del pasado, figuras superpuestas en su mente vieja que se unían a los sonidos de un tiempo que se había escapado y, sin embargo, todavía estaban allí. Podía verlos, tocarlos con sus dedos, a través de las ventanas rotas, podía atrapar los recuerdos y llevárselos en el bolsillo de su saco. Aunque él sabía muy bien que en unos minutos los iría perdiendo por el camino, cuando a cada paso se cayeran desde ese bolsillo deshilachado, tan solo un agujero de su memoria.

Miradas furtivas

Se miraban más allá de las paredes, presintiéndose, rozando apenas el brillo de los ojos, sintiendo el pulso de las pestañas que acompañaban otros pulsos. Desde lejos, se internaban en los túneles de sus pupilas, abiertas en la oscuridad de sus memorias y desde allí se abrían paso entre misteriosas galerías de inconsciencia.
Los labios se superponían en un beso inmóvil, que se derramaba en sus bocas como una bebida prohibida, exiquisita, para caer en ese abismo de palabras calladas.
Se deseaban, se buscaban en los límites del tiempo, sobre los márgenes del espacio que los separaba y justo en esa coma del destino, se atrevían a mirarse, detrás de las paredes de sus recuerdos.
Se escapaban, cada vez que se encontraban huían del bullicio de sus emociones, sus ojos bajos, la mirada caída sobre el suelo, las pupilas cerradas y los labios congelados en el miedo.
Se escapaban, el pulso acelerado, sus cuerpos sin aire, laxos, inmovilizados por ese sentimiento que los atrapaba en un silencio ardiente
Se escapaban, hasta que sus manos se rozaron por primera vez. Una chispa de deseo los provocó. La quietud dio paso al movimiento. Se buscaron, se encontraron y juntos descubrieron que sobre sus ojos todavía esperaba ese beso que ambos se habían negado alguna vez.

La flotabilidad de los pensamientos

Mis pensamientos flotaban, líquidos, sobre la inquietud del agua. Se adherían a sus moléculas y resbalaban en esferas transparentes que los atrapaban en sus bordes. Rodaban ideas y en ese recorrido mojado sumergían las emociones que los acompañaban.
Un instante después, cuando los atraía nuevamente hacia mí mientras tiraba de cordón invisible, ellos se resistían y se quedaban inmersos en esa fluidez que los liberaba de mi mente quieta.

Historias detrás de las puertas (X): Las pulgas

Ni bien abrí la puerta me di cuenta de que la casa todavía estaba habitada. No se trataba de habitantes comunes sino de sombras que se movían inquietas sobre la superficie de los muebles. Era como si formaran parte de la madera y se perdieran en su esencia.
Las pulgas saltaban delante y detrás de mí, emergían desde los rincones silenciosos y soltaban secretos adosados a las paredes, guardados en los estantes del tiempo, petrificados en las capas de polvo. Y, sin embargo, las pulgas revolvían el pasado y yo podía escuchar voces tan cercanas y tan distantes que dominaban mis sentidos.
Me quedé quieta, dejándome arrastrar por el movimiento ondulante de esos artrópodos que se aplastaban contra mi cuerpo bebiendo de mi sangre, tan solo para conocer mi único secreto.
Levanté mis ojos, me descubrí sobre la transparencia de un espejo deshabitado, etérea, sin nombre. Las pulgas saltaban sobre mi identidad, sobre las incontables formas del silencio y se llevaban sobre sus cuerpos la historia de una familia a la que nunca había pertenecido.

Fragmentos de silencio

Las sombras extendían los silencios, se precipitaban sobre el asfalto como fantasmas y esperaban.
Las ruedas de los autos se llevaban sus retazos, trozos de sombras, fragmentos de silencio, que se convertían en huellas de árboles vivos, cuyas palabras viajaban mudas, redondas, y eran quietud en el movimiento de la vida.

Atrapada en la ventana

El viento traía voces sin rostros. Unos ojos brillantes entraban por los agujeros de la ventana. Después, unos labios fríos se posaban sobre su boca y se esfumaban en el aire. Su cuerpo vacío se pegaba a las rejas. Afuera anochecía, igual que adentro. Las voces se aquietaban, sólidas, como si fueran cristales que se incrustaban en su mente, como si desde allí pudieran anclar el recuerdo. Sobre el suelo caían las partes, los trozos de un amor perdido y sus pies se atrevían a caminar por encima de ellos, mientras crujían en las oscuridades de su memoria.
Más tarde, mucho más tarde, ya no había rejas, ni noche. Su vida amanecía y ella volvía a la vida mientras emergía desde ese agujero de la ventana en la que había quedado atrapada.

Luces en la sombra

Se habían descubierto en el anhelo de la sombra. Sedientos, cansados, con el cuerpo latiendo la carrera que no habían podido continuar. Y, sin embargo, en ese límite del camino, sus manos se habían encontrado sobre la rugosidad de ese tronco, invitadas por la sombra, como si una caricia del destino los hubiera obligabo a avanzar hacia otra meta.