Un tapiz de poesía

Las ramas sostenían a las palabras que se arrojaban en hilos de poesía sobre la superficie del agua. Era allí, en esa película tensa, donde nacían las estrofas que daban vida al poema escondido en ese tapiz natural, hilado por el tiempo.

Atardecer

La voz del sol, contraída en el último bostezo de la tarde, se derramó en sombras. Sobre sus espaldas podía presentirse el cauteloso murmullo de la noche.

Hueco de luz

Sobre la cresta de su dolor se había dibujado una ventana. Se trataba de una abertura desde la que podía asomarse a los oscuros pasillos de su mente. Al principio sintió vértigo, una brisa inestable lo arrastró hacia ese hueco de luz que se expandía dentro suyo. Creyó que caería en esa nada, en la inmensidad de aquel espacio al que nunca antes había llegado. Se aferró al otro lado de los pensamientos y viajó aferrado a la única emoción que lo sostenía. Cuando llegó, por fin, al fondo de sí mismo pudo escuchar el ruido de las piedras que había cargado en esa pena de amor. 
Liviano, despojado de las cargas de la culpa, cerró la ventana y se preparó para regresar.

La lámpara de la memoria

Sentada sobre los puntos suspensivos de la despedida, miraba los renglones de esa relación sin retorno. Atravesó los márgenes del silencio y pudo sentir el eco de las palabras muertas. 
De pronto, en el vértice de una página vacía, la lámpara de su memoria iluminó el recuerdo y las voces, que se habían quedado mudas, ascendieron desde el abismo del miedo.
Se puso de pie, caminó sobre el borde de la duda y atrapó entre sus manos un luminoso punto final.

Fisuras

Atravesó la hendidura abierta en su centro. Pudo percibir el frío del miedo y la rugosidad de la angustia. Se internó en ese silencio oscuro y aplastante que precedía al derrumbe de aquello que ya se ha quebrado antes. Dejó que su pena se balanceara sobre ese momento áspero de su existencia.
Después, cuando estuvo preparado para emerger de ese túnel sin formas, apoyó sus pies al otro lado del silencio y descubrió que, desde sus raíces, la vida asomaba verde, sin fisuras.

La sombra de otra vida

Detrás de la ventana se balanceaba una sombra. Ana podía escuchar sus pulsaciones, sincronizadas con las suyas. La había visto por primera vez aquella mañana helada, apenas un destello de luz, un roce frío y luego esos ojos que, desde entonces, la observaban y querían decirle algo que ella no comprendía.
A un costado del eje del tiempo, asomaba la sombra que se había perdido en un meandro del destino y, arrepentida, buscaba las aguas del río de la existencia.
Ana despertó sobresaltada, el corazón desbocado, las palabras apuradas, líquidas, como la corriente que la arrastraba hacia esa otra vida en la que permanecía colgada detrás de una ventana.

El viaje

Viajaban. Sobre sus espaldas cargaban un baúl de respuestas. Atrás, lo que ya era pasado quedaba enterrado en en los surcos del tiempo viejo. Adelante, en un punto inquieto y sin forma, el futuro se balanceaba y hacía preguntas que nadie podía responder.

Ciclo del agua

Las nubes se entrelazan con palabras de aire, enhebradas con letras de agua, que cada tanto se elevan para ser parte de una melodía capaz de fecundar a las voces de la tierra.

Conversaciones del silencio

Podía escucharse una conversación sutil, apenas unos hilos de palabras que el viento sostenía en sus brazos de aire. Si uno dejaba resbalar los ojos sobre esa imagen viva, podía descubrir cuáles eran las letras que tejían la trama del campo.

Sin horas

Mis manos de metal tomaron los segundos contenidos en mi centro y los estiraron. La tarde se hizo elástica en esas manos que buscaban cambiar el ritmo de mis pulsaciones. Los minutos, que también eran parte de mi esencia, se enredaron en la lentitud de los segundos y quedaron atrapados en otros latidos. Tal vez por eso detuve mi marcha, tal vez por eso, mis manos de metal se aquietaron y le regalaron al amor un tiempo sin horas.