Hueco de luz

Sobre la cresta de su dolor se había dibujado una ventana. Se trataba de una abertura desde la que podía asomarse a los oscuros pasillos de su mente. Al principio sintió vértigo, una brisa inestable lo arrastró hacia ese hueco de luz que se expandía dentro suyo. Creyó que caería en esa nada, en la inmensidad de aquel espacio al que nunca antes había llegado. Se aferró al otro lado de los pensamientos y viajó aferrado a la única emoción que lo sostenía. Cuando llegó, por fin, al fondo de sí mismo pudo escuchar el ruido de las piedras que había cargado en esa pena de amor. 
Liviano, despojado de las cargas de la culpa, cerró la ventana y se preparó para regresar.

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