Amores congelados

Todavía podía percibirse el calor de sus cuerpos. Mano sobre mano, los ojos entrelazados en caricias de palabras, las manos juntas, apretando la fugacidad de esas horas que ellos detenían. El reloj mudo, sin tiempo, en otro tiempo, caminaba segundos imposibles de evitar, imprudentes. Afuera, alguien miraba. La puerta del bar se abrió de repente, dolorida por la marca de los dedos que la empujaron. Una voz helada se derritió en el fondo de la taza de café. Las preguntas sin respuestas se disolvieron en el aire. El amor se desvaneció sobre la mesa, atravesada por el calor de esos cuerpos que, una vez por semana, se atrevían a cruzar la frontera de lo conveniente.
Afuera, algo se había roto…

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