Historias detrás de las puertas (II): Las serpientes

La cerradura tembló ante la intromisión de esa llave helada, que se atrevía a avanzar sobre sus años quietos.
Tina empujó la puerta de madera y la obligó a enderezar sus tablas, como si de esa manera pudiera despertarla de su extenso letargo. Adentro, el olor de las serpientes se manifestó desde el recuerdo y se expandió sobre su cuerpo inmóvil. Todavía permanecían sentadas allí, cada una en su silla, mientras ovillaban historias ajenas, mientras siseaban rencores y cosían respuestas a preguntas que nadie les hacía. En ese momento, la miraban desde el único cuadro que colgaba sobre la pared del living. Los ojos inquisidores, la piel blanquecina perdida en el papel fotográfico que las contenía y sus bocas apenas abiertas se prolongaban en sus voces, adheridas a los contornos de esa casa en la que se escurría su infancia.
Etelvina, Engracia y Encarnación aún tejían. Los hilos con los que tramaban otras vidas cruzaban cada uno de los ambientes. Tina avanzó sobre los escombros de aquellos días en los que escapar había sido la única manera de salvarse.
Abrío una ventana y el aire desparramó los secretos. Las voces se elevaron. Sus tías se disolvieron en sus sillas apolilladas y fueron polvo sobre el recuerdo.
Debajo de sus pies, las maderas crujieron un silencio y las palabras calladas se atropellaron para contar la historia que escondían las serpientes.
Tina tomó la carta y empezó a leer…

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