Historias detrás de las puertas (V): Los leones

Sobre las gotas de rocío se había escuchado el último rugido. Uno de los leones se había callado para siempre. No era fácil la vida en aquella estancia. Todos sabían. Todos callaban y obedecían a aquel que se escondía detrás de la puerta.
Los unía la necesidad. Un hilo invisible ataba sus cuerpos y sus almas a los deseos ajenos. Ellos respondían, se dejaban llevar por una música que marcaba sus pasos, carentes de música. De esa manera construían sus vidas, atrapadas en una melodía que se repetía, día tras día, en la sucesión de las noches y, especialmente, en el mutismo de la siesta. Blanco sobre negro en un paisaje donde no había grises. La voz, el reclamo negado, el grito callado por unas manos ásperas, la queja silenciosa cayendo en el vacío, formaban parte de la misma trama, tejida con habilidad para sostener el destierro y la deshonra.
Aquella tarde había sido diferente. Alguien tenía que callar al León para dispersar a la manada.
Ella, que llevaba en su cuerpo cicatrices imborrables, se había atrevido a cruzar los bordes del silencio para empezar a enhebrar su propia historia.
Detrás de la puerta ya no había leones. Ni patrones a los que obedecer.
El último rugido se perdió en el aire, justo cuando la boca del León se quedaba sin aire…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *