Miradas superpuestas

Lo veía llegar. Como cada tarde, se asomaba a ese deseo escondido detrás de las cortinas. El corazón palpitando unas formas imposibles de alcanzar, los brazos estirándose en un abrazo imaginado, la piel ardiendo en un fuego invisible, que se apagaba sobre esos vidrios, empañados por el frío de la distancia. Aún así, ella soñaba lo que él ni siquiera podía adivinar. Y, sin embargo, como si las llamas de esa pasión silenciosa hubieran podido alcanzarlo, esa tarde, la había mirado por primera vez. Después, entregados a una comunicación silenciosa, ninguno de los dos se atrevió a regresar al otro lado de sus miradas.

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