Punto de fuga

Conversaban al borde de un abismo hasta que la tarde se quedó quieta, justo en la intersección de sus silencios.
Esteban dejó caer su cabeza, pesada de dudas, y la sostuvo entre sus manos, como si de esa manera pudiera escapar de ese instante inmóvil de su vida.
A Clara se le nublaron los ojos, cargados de lágrimas de bronca y de tristeza. Atrapada por imágenes confusas, lo vio pasar a su lado, convertido en una esfera cuyo tamaño fue disminuyendo a medida que se alejaba. Después, su silueta se perdió en la boca de aquel punto lejano. Entonces, ella se puso de pie y comenzó a avanzar hacia el sitio en el que lo había visto desaparecer. No estaba segura de cómo habían sucedido los hechos. Recordaba algunas palabras imprecisas, punzantes, que habían caído como una flecha sobre su entendimiento. Podía sentir el peso de esas palabras que arrastraba entre sus pies, mientras dejaban una huella oscura sobre las baldosas. En su mente alterada por las circunstancias, los árboles eran fantasmas que la rodeaban con sus voces y la cuestionaban. ¿Había dicho dudas? ¿Otra vez dudas? ¡No! Eran tan solo murmuraciones de esos seres oscuros que proyectaban sus sombras y pretendían detener su marcha.
Enredada en esos juegos de su imaginación, se detuvo un momento para aquietar su mente desbordada por sus emociones. Tomó aire y después abrió bien sus ojos para que nada la confundiera. Retomó el camino.
Estaba segura de que ni bien pusiera sus pies sobre ese punto de fuga, ella sería parte de una geometría nueva.
Cuando Esteban levantó su cabeza, ella ya no estaba. La perspectiva de sus dudas había cambiado.

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