Historias detrás de las puertas (VIII): Los sapos

El candado se abrió. La puerta cedió, quejosa. En su superficie se escondían huellas, que crecían como dedos hacia el interior.
Unas voces antiguas elevaron su lamento, el sonido de la pena me erizó la piel.
Los sapos habían estado allí, saltando sobre la vida, expulsando las toxinas de sus pieles rugosas, en cuyos pliegues habitaban el terror y la venganza.
Todavía croaban en los dobleces de sus propios territorios, para sostener el miedo, para permanecer.
En un rincón del suelo, pude descubrir mi rostro cansado. Las líneas del tiempo se cruzaron en un punto del techo. Me descubrí flotando entre los recuerdos, mientras atravesaba la muerte para alcanzar la vida.
Sin embargo, en ese minuto líquido que me rodeaba, los renacuajos se preparaban para saltar, otra vez sapos, sobre mi propia metamorfosis.
El candado se abrió sobre mis manos y, a pesar de los sapos, las palabras se liberaron para desatar la oscuridad de mi silencio.

Rodar el destino

Rodaba. Como una pequeña esfera de silencios caía por la pendiente del destino. En ese instante, redondo y abundante, la voz sutil de una mirada detuvo su caída. Minutos después, unas burbujas de palabras, nacidas del fondo de sí misma, formaron un círculo en el cielo y escribieron el primer renglón de una vida compartida.

El brote

Brotaba. Emergía de la comodidad de su capullo. Única, palabras nuevas, ocultas en la yema que la contenía.
Después, se haría parte del viento, que la vería girar y moverse buscando su esencia, soltando en el aire los sonidos de un lenguaje con el olor de la primavera.