Atrapada en la ventana

El viento traía voces sin rostros. Unos ojos brillantes entraban por los agujeros de la ventana. Después, unos labios fríos se posaban sobre su boca y se esfumaban en el aire. Su cuerpo vacío se pegaba a las rejas. Afuera anochecía, igual que adentro. Las voces se aquietaban, sólidas, como si fueran cristales que se incrustaban en su mente, como si desde allí pudieran anclar el recuerdo. Sobre el suelo caían las partes, los trozos de un amor perdido y sus pies se atrevían a caminar por encima de ellos, mientras crujían en las oscuridades de su memoria.
Más tarde, mucho más tarde, ya no había rejas, ni noche. Su vida amanecía y ella volvía a la vida mientras emergía desde ese agujero de la ventana en la que había quedado atrapada.