Historias detrás de las puertas (X): Las pulgas

Ni bien abrí la puerta me di cuenta de que la casa todavía estaba habitada. No se trataba de habitantes comunes sino de sombras que se movían inquietas sobre la superficie de los muebles. Era como si formaran parte de la madera y se perdieran en su esencia.
Las pulgas saltaban delante y detrás de mí, emergían desde los rincones silenciosos y soltaban secretos adosados a las paredes, guardados en los estantes del tiempo, petrificados en las capas de polvo. Y, sin embargo, las pulgas revolvían el pasado y yo podía escuchar voces tan cercanas y tan distantes que dominaban mis sentidos.
Me quedé quieta, dejándome arrastrar por el movimiento ondulante de esos artrópodos que se aplastaban contra mi cuerpo bebiendo de mi sangre, tan solo para conocer mi único secreto.
Levanté mis ojos, me descubrí sobre la transparencia de un espejo deshabitado, etérea, sin nombre. Las pulgas saltaban sobre mi identidad, sobre las incontables formas del silencio y se llevaban sobre sus cuerpos la historia de una familia a la que nunca había pertenecido.

Fragmentos de silencio

Las sombras extendían los silencios, se precipitaban sobre el asfalto como fantasmas y esperaban.
Las ruedas de los autos se llevaban sus retazos, trozos de sombras, fragmentos de silencio, que se convertían en huellas de árboles vivos, cuyas palabras viajaban mudas, redondas, y eran quietud en el movimiento de la vida.