Miradas furtivas

Se miraban más allá de las paredes, presintiéndose, rozando apenas el brillo de los ojos, sintiendo el pulso de las pestañas que acompañaban otros pulsos. Desde lejos, se internaban en los túneles de sus pupilas, abiertas en la oscuridad de sus memorias y desde allí se abrían paso entre misteriosas galerías de inconsciencia.
Los labios se superponían en un beso inmóvil, que se derramaba en sus bocas como una bebida prohibida, exiquisita, para caer en ese abismo de palabras calladas.
Se deseaban, se buscaban en los límites del tiempo, sobre los márgenes del espacio que los separaba y justo en esa coma del destino, se atrevían a mirarse, detrás de las paredes de sus recuerdos.
Se escapaban, cada vez que se encontraban huían del bullicio de sus emociones, sus ojos bajos, la mirada caída sobre el suelo, las pupilas cerradas y los labios congelados en el miedo.
Se escapaban, el pulso acelerado, sus cuerpos sin aire, laxos, inmovilizados por ese sentimiento que los atrapaba en un silencio ardiente
Se escapaban, hasta que sus manos se rozaron por primera vez. Una chispa de deseo los provocó. La quietud dio paso al movimiento. Se buscaron, se encontraron y juntos descubrieron que sobre sus ojos todavía esperaba ese beso que ambos se habían negado alguna vez.

La flotabilidad de los pensamientos

Mis pensamientos flotaban, líquidos, sobre la inquietud del agua. Se adherían a sus moléculas y resbalaban en esferas transparentes que los atrapaban en sus bordes. Rodaban ideas y en ese recorrido mojado sumergían las emociones que los acompañaban.
Un instante después, cuando los atraía nuevamente hacia mí mientras tiraba de cordón invisible, ellos se resistían y se quedaban inmersos en esa fluidez que los liberaba de mi mente quieta.