Espiar el pasado

Su cuerpo se fragmentaba en los dobleces de aquella esquina. Sus ojos espiaban por la ventana y sus piernas se animaban a ingresar por esa puerta en la que su infancia se había quedado quieta. Con sus brazos tocaba los muebles y un olor antiguo, mezcla de cera y caramelo, le llegaba desde adentro, entonces su olfato viajaba hacia el interior de las ausencias y se reencontraba con pedazos lejanos, olvidados en algún rincón de su memoria.
En los pliegues de su piel vibraban las formas del pasado, figuras superpuestas en su mente vieja que se unían a los sonidos de un tiempo que se había escapado y, sin embargo, todavía estaban allí. Podía verlos, tocarlos con sus dedos, a través de las ventanas rotas, podía atrapar los recuerdos y llevárselos en el bolsillo de su saco. Aunque él sabía muy bien que en unos minutos los iría perdiendo por el camino, cuando a cada paso se cayeran desde ese bolsillo deshilachado, tan solo un agujero de su memoria.

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