Punto de encuentro

Guardaba entre sus ladrillos el aroma de mis recuerdos. Se apilaban unos sobre otros, en capas de tiempo que contenían la totalidad de los días. Desde el techo, bajaban las risas de los que partieron y, sin embargo, todavía permanecían allí, como mirándome desde algún lugar lejano.
En la ventana colgaba tu nombre, liviano, suspendido en el aire de los recuerdos, un punto escondido en esa foto en la que nos encontrábamos cada tarde.

Negativo de voces

La vida se desplegaba sin colores en los ojos de mi sueño. Me internaba en un tapiz de texturas desconocidas, cientos de hebras vegetales se enredaban para comunicarme algo que no podía escuchar. Mis pies, elevados apenas por encima del suelo, recorrían el sonido de esas palabras y comprendían en silencio lo que me llevaría a la vigilia.
Me quedé sin voz. Un minuto antes de despertar, pude descubrir un rostro. Me encontré callada detrás de los árboles, mientras otras voces murmuraban acerca de la oscuridad de mi vida de colores.

Giros del camino

Supo girar a tiempo. Esa media vuelta en su camino, apenas una curva , lo invitaba al tropiezo. Un lenguaje nuevo ascendía por las plantas de sus pies para instalarse en los límites de su cicatriz. La mirada detrás de la mirada, un encuentro sin búsqueda, el sonido del amor, otra vez invitándolo y la duda desprendiéndose de su pecho como una flecha caliente.
Sin embargo, rodó sobre sus dudas y en ese giro del destino se arriesgó a avanzar sobre esos ojos que lo invitaban a seguir la dirección de otra flecha.

Respirar la vida

Inspiré el silencio del paisaje, las voces del agua, los sonidos de las nubes, y el susurro de las hojas. Un murmullo apagado ingresó a mi cuerpo, desplegó sus alas de viento y abrazó a cada una de mis células para transformarlas.
En el instante siguiente, pude exhalar las palabras guardadas en mi propio paisaje, hechas de piel y de sangre, que emergieron desde el fondo y se fundieron con el silencio.
En eso consistía la respiración de la vida.

“Historias detrás de las puertas” (XV) : Las moscas


Batían sus alas. Sobrevolaban la vida buscando carroña. Se alimentaban de los restos, de las partículas que otros dejaban a su paso.
Atravesé esa puerta que me conectaba con el pasado convencida de que nada había cambiado.
Llevábamos mucho tiempo sin vernos y , sin embargo, cada tanto podía percibir el sonido de sus vuelos, los ojos múltiples apoyados sobre mi sombra. En eso me habían convertido.
No importaba cuánto podían lastimar, para ellas lo único importante era detenerse en el detalle, en el punto oscuro en la vida ajena para alimentar sus inevitables destinos. Después, cuando la sustancia que las nutría levitaba dentro de sus cuerpos, se convertían en víctimas de las circunstancias. Se sentían perseguidas, desvalorizadas, los otros teníamos la culpa de su esencia carroñera.
En el instante en que volví a poner los pies en esa casa, supe que sólo sería por un rato. Adentro, las moscas seguían zumbando, sobrevolaban sus broncas y habitaban las consecuencias de sus propias elecciones. La envidia y la soberbia pesaba sobre sus cuerpos, ya no tan livianos, incapaces de sostener sus vuelos.
Cerré la puerta, me alejé de ese punto de mi destino dando saltos seguros. La sombra de un sapo que abría su boca para atrapar a las moscas se perdió entre las malezas.

Absorber el tiempo quieto

El tiempo giraba. Escindido sobre las líneas que marcaban su paso, se detenía en en punto. Las horas aquietaban su marcha y recolectaban los últimos trozos del día, que se escurrían entre los intersticios de la yerba y ascendían por una bombilla, tibios, como si estiraran sus anhelos.
Detrás, miles de agujas sostenían otros giros, atrapados en una rueda inmóvil que era testigo de ese instante, en el que los segundos recortados del camino convergían en su boca para saborear el tiempo quieto.

La oxidación del amor

Intercambiaban electrones. Había entre ellos una relación de iones entrelazados por el engaño. Se dejaban llevar como moléculas vivas por el fuego de la pasión. Esclavos de esa combustión predecible, sentían flotar el oxígeno de sus silencios y, juntos, consumían la sustancia de ese amor prohibido.
Entonces, se sumergían en la acidez de las circunstancias que los rodeaban, y dejaban caer unas palabras reducidas, que eran el resultado de la inevitable química que los unía.

Abundancia

Compartían la textura del poste que los sostenía. Encogidos en sus propios habitáculos, se sabían acompañados. Formaban parte del mismo segmento del destino, suspendido en el extremo de una recta, que los elevaba por encima del tiempo.
Sus voces estiraban sus deseos y se conectaban en notas livianas, que quebraban el silencio de la tarde.
Eran abundantes en la abundancia que los unía, eran el paisaje, el vuelo y la música guardada en el viento, justo en el borde del poste que los sostenía.

Disolución

Atravesé las fronteras que nos separaban para encontrarte al otro lado de mis límites, sin cercos, avancé sobre las líneas que nos unían y te descubrí convertido en el solvente de nuestras diferencias, para disolver en tu abrazo las diminutas partículas de miedo, sólidas, suspendidas en el agua de nuestras vivencias.

La geometría del amor

Se presentían a través de los vidrios. Atravesaban las líneas que los separaban y se encontraban en un cuadrado inmóvil. Sus ojos se posaban en las aristas del recuerdo y se detenían en los ángulos de la memoria. El amor recorría vértices lejanos y las paredes se hacían transparentes.
Sin saberlo, ambos habitaban en esa geometría dibujada en el plano de la ventana.