Historias detrás de las puertas (XII): “Las cebras”

Sentados sobre las palabras de un destino impuesto, se dejaban llevar por el murmullo de las lágrimas encadenadas. La puerta se abrió. Las palabras temblaron debajo de ellos. Una luz asomó en ese túnel a rayas en el que permanecían. Las letras se sus vidas se movieron y en un segundo oportuno pudieron leer un destello de vida. No supieron entonces, que el trazo de aquellas líneas horizontales, blanco sobre negro, negro sobre blanco, los marcaría para siempre.
La casa que habitaron mucho tiempo después, tan lejana de ese destino del que habían logrado escapar, era una casa rayada. Dentro de ella, ” las cebras” se perdían en los pasillos del tiempo.
Cuando pude visitar aquella casa que ahora pertenecía a uno de los descendientes, me impresionó la perfecta armonía en la que se prolongaban aquellas líneas. Una geometría de dolores, imposibles de olvidar, se extendía rígida desde el suelo, ascendía por las paredes y abrazaba a cada uno de los muebles y objetos, como si el silencio hubiera tomado forma para protegerse de unas heridas imposibles de sanar.
A pesar del tiempo transcurrido, pude percibir la angustia que aquellos cuerpos habían desparramado en los rincones de esa vivienda inventada para sobrellevar un destino escrito.
Sin embargo, ellos habían leído, habían buscado el mensaje encerrado en las letras que les habían abierto aquella puerta, perdida entre miles de trajes a rayas y, aunque habían salvado sus vidas, nunca pudieron soltar las imágenes de ese recuerdo rayado, que permaneció en sus retinas para siempre.
Tal vez por eso, ellos decidieron acompañar con esas líneas dibujadas
otras líneas, en las que se cruzaban las lágrimas y el silencio de quienes no pudieron escapar. Tal vez de esa manera, se obligaron a no olvidar aquel guiño del destino que los liberó,en un segundo oportuno, de aquella agonía a rayas.
Al salir de aquella casa, tuve la certeza de que existen miles de regresos escondidos sobre los bordes de un recuerdo.

Amor troquelado

Vivían un amor troquelado. Se vinculaban a través de una delgada línea de puntos, de palabras recortadas.
En ese momento, en el que estaban decididos a hablar, se habían convertido en dos sombras cuyos rostros se desvanecían sobre la superficie de la mesa. Sus ojos rodaban en círculos concéntricos adentro de las tazas de café, mientras acompañaban el rítmico movimiento de las cucharas que mantenían un diálogo envolvente para apartar el silencio.
Sobre las sillas, las huellas de sus cuerpos retenían sus contornos y también callaban.
Después de beber esos instantes mudos, se fueron juntos, luego de perderse en fondo de aquel líquido tibio y oscuro que circulaba por sus venas.
Se habían encontrado nuevamente, sobre esa línea de puntos apenas visible, que los unía, cada tanto, en un beso sin troqueles.