“Historias detrás de las puertas” (XV) : Las moscas


Batían sus alas. Sobrevolaban la vida buscando carroña. Se alimentaban de los restos, de las partículas que otros dejaban a su paso.
Atravesé esa puerta que me conectaba con el pasado convencida de que nada había cambiado.
Llevábamos mucho tiempo sin vernos y , sin embargo, cada tanto podía percibir el sonido de sus vuelos, los ojos múltiples apoyados sobre mi sombra. En eso me habían convertido.
No importaba cuánto podían lastimar, para ellas lo único importante era detenerse en el detalle, en el punto oscuro en la vida ajena para alimentar sus inevitables destinos. Después, cuando la sustancia que las nutría levitaba dentro de sus cuerpos, se convertían en víctimas de las circunstancias. Se sentían perseguidas, desvalorizadas, los otros teníamos la culpa de su esencia carroñera.
En el instante en que volví a poner los pies en esa casa, supe que sólo sería por un rato. Adentro, las moscas seguían zumbando, sobrevolaban sus broncas y habitaban las consecuencias de sus propias elecciones. La envidia y la soberbia pesaba sobre sus cuerpos, ya no tan livianos, incapaces de sostener sus vuelos.
Cerré la puerta, me alejé de ese punto de mi destino dando saltos seguros. La sombra de un sapo que abría su boca para atrapar a las moscas se perdió entre las malezas.

Absorber el tiempo quieto

El tiempo giraba. Escindido sobre las líneas que marcaban su paso, se detenía en en punto. Las horas aquietaban su marcha y recolectaban los últimos trozos del día, que se escurrían entre los intersticios de la yerba y ascendían por una bombilla, tibios, como si estiraran sus anhelos.
Detrás, miles de agujas sostenían otros giros, atrapados en una rueda inmóvil que era testigo de ese instante, en el que los segundos recortados del camino convergían en su boca para saborear el tiempo quieto.