Absorber el tiempo quieto

El tiempo giraba. Escindido sobre las líneas que marcaban su paso, se detenía en en punto. Las horas aquietaban su marcha y recolectaban los últimos trozos del día, que se escurrían entre los intersticios de la yerba y ascendían por una bombilla, tibios, como si estiraran sus anhelos.
Detrás, miles de agujas sostenían otros giros, atrapados en una rueda inmóvil que era testigo de ese instante, en el que los segundos recortados del camino convergían en su boca para saborear el tiempo quieto.

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