Desencuentro

Me enredó en las prolongaciones de sus palabras, las palmas de mis manos tocaron los huecos de silencio para avanzar.
Ascendí sobre sobre el mutismo de la tarde, alargando mi voz para encontrar la suya, perdida en unas prolongaciones que caían, irremediablemente, en un hueco de silencios en el que volvíamos a desencontrarnos.

“Historias detrás de las puertas” (XVII) Las grullas

Tomó la llave de ese pensamiento sutil que cruzó sobre el río de su mente. Siempre estaba alerta, vigilaba la periferia de sus emociones. Decidida, introdujo el metal de la duda dentro de la cerradura de su memoria. La puerta cedió. Las grullas levantaron vuelo y la invitaron a un viaje inesperado, sin distancias. La boca de un reloj de horas discontinuas devoró su cuerpo sin alas e inmediatamente levitó sobre sus recuerdos. Soplaba una brisa suave, como de algodón, que la mantuvo en el aire de un tiempo antiguo.
A un costado, justo en una esquina, una lágrima pendía de la lámpara y brillaba. Adelante, las paredes de la casa se desvanecían en el hueco de una escalera de madera y ella, que estaba suspendida en el techo de su pasado, lo veía llegar, liviano, entre las grullas.
Sus compañeras de viaje se detuvieron al pie de la escalera y guiaron sus pies hacia el sótano. Un silencio espeso recorrió su piel.
En el centro de su memoria confusa convergieron las voces y rotaron el recuerdo. Las grullas volaron.
Sobre el suelo, detrás de la puerta, ella se perdió en los márgenes de otra lágrima para volver a encontrarlo.

Voces de espuma

Desde el fondo ascendían las palabras que se hacían grito en la superficie. Un rumor salado crecía y liberaba voces de espuma, adheridas a las rocas. Era allí, en la aspereza del silencio, donde nacía el texto que aseguraba el entramado del paisaje.

Latidos

Latidos
La vida se abre paso entre dos silencios, unas pocas palabras limitan la existencia, tan solo latidos de un mutismo que se manifiesta desde el suelo de nuestro paisaje interior.

La movilidad de la sombra

Un destello de su sombra se abría paso entre los orificios del tiempo. Avanzaba entre puntos luminosos y se hacía parte de algunos objetos, como si pudiera materializar el deseo de volver. Su cuerpo se alargaba buscando refugio y, a pesar de su perseverancia , no lograba descansar en sus intentos.
Asomado al presente se escabulló en algún rincón del pasado y descendió. Un libro se derrumbó desde la biblioteca. Atraída por el ruido, Fernanda ingresó a la sala. Tomó entre sus manos la incertidumbre del recuerdo. Lo abrió. Recorrió sus páginas para detenerse en una: la trece. Leyó despacio, interpretando lo que antes no había podido leer y se volvió sombra en la página siguiente, como si buscara con él un eterno regreso.

La espera

Amanecía. Entre los hilos de sol se enredaban las esperanzas, atadas al bostezo de la noche.
Amanecían las palabras dormidas, los versos callados sobre las olas, las voces detrás del silencio.
Amanecías. Tu rostro distante se elevaba desde el horizonte como una imagen difusa, imperceptible.
Y yo, cansado de la oscuridad de tu ausencia, me entregaba a ese amanecer para flotar sobre el agua de la espera y reencontrarte al otro lado del sol.

Oxigenar el recuerdo

Caminé por los senderos de mi memoria buscando el oxígeno que necesitaba para seguir avanzando. Me detuve en un instante de formas confusas, donde era posible respirar el aire de tu recuerdo. Te descubrí entre las hojas, tus ojos hablaban con palabras de viento, livianas y, aunque no podía escuchar tu voz, te sentía cerca, como un hueco de luz en las oscuridades de mi mente confusa.

Los modos del tiempo

El agua había avanzado y dejaba correr una melodía desconocida. El suelo abrió su boca reseca y bebió. Después, cuando su sed había sido saciada, se entregó a ese abrazo inesperado, sin límites, aceptando los modos del tiempo, escuchando palabras nuevas, escondidas en el agua.

Alma de barro

Tenía el alma oscura, anclada en un barro espeso que chorreaba bronca sobre bronca. Desde allí disparaba su ira en forma de flechas venenosas que caían por su propio peso.
Era víctima de unas circunstancias que ella misma había creado y se desdoblaba en máscaras inútiles, escondiendo la profundidad de sus dolores.
Se perdía en capas de odio contra aquellos que ella misma había echado de su vida y los señalaba con su dedo acusador, una y otra vez, desparramando el barro de su desdicha.
Sin embargo, cada vez que se miraba en el espejo de su existencia, relajaba las poses y lograba encontrarse.
Una lágrima oscura corría por su rostro cansado. Estaba sola y necesitaba un abrazo.
Sobre el charco de sus angustias, ella creaba espinas para reclamar la caricia que le faltaba… continuará

El reflejo

Se perdía en un viento de miedos, voces inconexas la arrastraban por una corriente sin fronteras y se ahogaba en un destino inventado. Por encima de sus ojos, más allá de los laberintos de su mente, descubría su rostro inmóvil. Sobre la superficie del agua volvía a encontrarse y se hacía parte del viento para detenerlo.