Crujidos,un lobo sin Caperucita

La verdad crujía bajo mis pies. Te vi llegar por el camino del bosque, dispuesto a todo. La piel por encima de tu piel, tus palabras buscando refugio, resbalando sobre mi miedo, detrás de la mentira que brillaba en tus ojos y el suelo crocante, alertándome en su lengua.
Te vi llegar por el camino del bosque y logré mimetizarme con los árboles, ellos y yo compartiendo la respiración de ese espacio mudo, justo cuando abrías tu boca y apurabas tu paso a mi lado, en busca de una presa.
Te vi llegar y logré leer el trazo de tus letras invisibles, que escribían tu esencia de lobo.
Te vi pasar junto a mí, confundido, lamentando el atajo del cuento que te dejaba hambriento, sin Caperucita.

El peso de la Tierra

Había palabras imposibles de entender. La Tierra buscaba descifrar ese lenguaje, desparramado como un manto oscuro sobre su piel, agregando capas a sus capas.
Sometida a aquel peso innecesario, abrió su boca para hablar, expandió su voz de aire y de agua y fue fuego en su abundancia. Supo quejarse del dolor que sentía sobre su cuerpo herido, atrapado en los avances de una civilización que olvidaba su esencia e interrumpía sus ciclos. Derramó lágrimas de barro y desató su ira.
En la rueda de sus lamentos, giró sus deseos y aquietó su marcha.
En los pasillos del tiempo, la Tierra calla y espera…

“Historias detrás de las puertas” (XV) : Los topos

La sombra de tu sombra se movía detrás de la puerta. Podía ver la silueta de tu cuerpo, desdibujado en mi memoria. Te presentía inmóvil, como el día de la despedida. Me había escapado huyendo de tus silencios. No quise ver la evidencia de tu ausencia. Era imposible entrar a la oscuridad de tu madriguera, caminar entre tus túneles secretos, encontrarte sin encuentro.
Te dejé quieto en ese rincón sin vínculos, espiando la vida, y supe que ya no regresarías.
Me abracé a tu nombre, lo único que quedaba de vos y, aunque ya no estabas, decidí volver.
Abrí la puerta de ese mundo tan tuyo que se había quedado callado de repente. Tu voz, ahogada en las últimas palabras, se perdió en el vacío instalado entre nosotros como una niebla espesa.
Sin embargo, en el último minuto lograste salir. Emergiste de la madriguera en la que quedaste atrapado desde el día del accidente y me miraste. Tus ojos grises seguían allí, la mirada despierta detrás de las sombras, vos y yo en un túnel oscuro, el encuentro y la despedida, dos topos abrazados a la vida.