“Historias detrás de las puertas” (XVI) : La lombriz

Habitaba el silencio. Se desplazaba en una atmósfera sin ruidos, atrapada en los propios, mientras afuera sucedía la vida.
La tristeza se descascaraba sobre las paredes y se perdía en el suelo formando manchas de pena. La vergüenza no cabía en una palabra, por eso callaba.
Era una lombriz atrapada en un túnel de tierra blanda y resbalosa, los ojos acostumbrados a la oscuridad se negaban a ver y la cegaban. Se conformaba con poco, su boca absorbía los detritos desparramados en ese espacio limitado por la angustia que se abría paso por encima de las cicatrices.
Presentía ausencias , sombras móviles detrás de la puerta que esperaban por ella. Su cuerpo cansado avanzaba sin avanzar y giraba sobre un punto que la abarcaba por completo.
Era de noche, una luz débil se colaba por la cerradura de su inconsciente, la llave estaba ahí, junto a la palabra callada.
Abrió la puerta de su silencio, dudosa, como si supiera el camino de regreso. Atravesó el miedo que la esperaba en el umbral y sus pies se enredaron con las voces que la habitaban.
En la esquina, lejos de la vergüenza, encontró la libertad.

Licuado de esperanzas

Sobre la mesa rodaba una conversación segmentada. Las palabras viajaban de una boca a la otra para encontrarse en el centro, superpuestas en un renglón invisible. Las voces soltaban deseos que se sumergían en el café y se convertían en un licuado de esperanzas. Sus ojos acompañaban esa danza silenciosa de emociones y guardaban una foto, un recuerdo con aromas, el segmento de un amor recién nacido, tímido.
Sus manos se buscaron, el lenguaje de la piel desató un murmullo de sensaciones que ascendió por sus brazos y se detuvo en sus labios, justo allí donde brotaba un beso, capaz de sellar las palabras desparramadas sobre la mesa.

El mutismo de la tarde

La tarde se había quedado muda, como si algo la hubiera obligado a callar. Doblado por sus cuatro puntas, el silencio se escondía en la boca de esa hora ausente.
El pájaro que volaba cerca de la ventana se había vuelto invisible, sus alas encogidas buscaron palabras que no pudieron encontrar. Alguien lloraba la osadía de ese tiempo inmóvil. Una verdad se negaba a ser revelada.
Detrás de las persianas, la humedad arrastraba voces que se resistían mientras una brisa incómoda se preparaba para avanzar.
El sonido de un recuerdo quebró el mutismo de la tarde. La muralla se derrumbó sobre sus pies descalzos y las palabras contraídas en el ápice de su garganta se apresuraron sobre su lengua. Afuera llovía, igual que adentro. La voz del agua, apurada y persistente, emergía desde las oscuridades de su memoria y se llevaba la vida, una y otra vez, justo cuando ella obligaba a la tormenta a callar el recuerdo de una tarde sin retorno.