El mutismo de la tarde

La tarde se había quedado muda, como si algo la hubiera obligado a callar. Doblado por sus cuatro puntas, el silencio se escondía en la boca de esa hora ausente.
El pájaro que volaba cerca de la ventana se había vuelto invisible, sus alas encogidas buscaron palabras que no pudieron encontrar. Alguien lloraba la osadía de ese tiempo inmóvil. Una verdad se negaba a ser revelada.
Detrás de las persianas, la humedad arrastraba voces que se resistían mientras una brisa incómoda se preparaba para avanzar.
El sonido de un recuerdo quebró el mutismo de la tarde. La muralla se derrumbó sobre sus pies descalzos y las palabras contraídas en el ápice de su garganta se apresuraron sobre su lengua. Afuera llovía, igual que adentro. La voz del agua, apurada y persistente, emergía desde las oscuridades de su memoria y se llevaba la vida, una y otra vez, justo cuando ella obligaba a la tormenta a callar el recuerdo de una tarde sin retorno.

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