Racimo de voces

Los giros del tiempo confluyen en un punto inmóvil donde todo vuelve a suceder. Las verdades amanecen como hélices de viento, trombas de certezas se expanden en remolinos desde el revés de las circunstancias.
Las formas mutan, irreconocibles, en otros rostros y se repiten más allá, en un nuevo verticilo de la historia.
Voces sobre voces forman racimos de ideas superpuestas, las búsquedas y los intentos se convierten en saltos de trazos sutiles, apenas perceptibles en los mapas del destino.
Los giros del tiempo recrean los senderos de la historia, nos reconocemos en un espejo antiguo donde burbujean nuestras palabras enredadas con otras, sobre las raíces que nos constituyen y se reflejan más allá, en ese punto inmóvil donde todavía es posible el encuentro.

Los dedos del recuerdo

Mis ojos se prolongaban detrás de la ventana como dedos que deseaban tocar el pasado. La mirada se alargaba para encontrarte en el vacío de esa ausencia que comprimía mis días. Te buscaba más allá de tus hombros, yéndose junto a la sombra de tu cuerpo. A veces te encontraba, tan etéreo, tu rostro desdibujado en la tela del silencio.
Te perdías en la niebla de la guerra, esa guerra injusta que había abierto tantas heridas, el tajo sangrante que nos separaba, tus pies lejanos hundidos en el barro del tiempo, sin límites, limitando nuestros anhelos, para quedarse con tu voz, que ya no recordaba.
Te vi llegar a mi encuentro y, sin embargo, eras solo un fantasma que desgarraba mis noches sin consuelo.
Al otro lado de la ventana la mañana bailaba una danza antigua.
Te vi regresar sobre los bordes del recuerdo, mientras cruzabas los abismos de la sangre que logré tocar con mis dedos cansados. Tan solo un instante.
En silencio, volviste a internarte en esa bruma, densa, quieta, que se había instalado detrás de los vidrios de mi ventana desde el día de tu partida.

Sintaxis natural

Un lenguaje amable abrazaba los contornos del planeta, la sintaxis de un mundo nuevo se abría paso en una oración sin palabras, surgida del interior de la tierra.
Una mancha de silencio rotaba formas antiguas y se alargaba entre los instantes colgados en el tiempo.
Había que preservar para asegurar la continuidad, conectar los deseos y arrastrar viejas formas para coincidir, sin fisuras, en las voces que fluyen.
Un hilo de agua expandía su grito, una gota junto a otra, combinadas en un discurso necesario, corriendo por encima de las palabras para manifestarse en el silencio del descuido y permanecer.