Los dedos del recuerdo

Mis ojos se prolongaban detrás de la ventana como dedos que deseaban tocar el pasado. La mirada se alargaba para encontrarte en el vacío de esa ausencia que comprimía mis días. Te buscaba más allá de tus hombros, yéndose junto a la sombra de tu cuerpo. A veces te encontraba, tan etéreo, tu rostro desdibujado en la tela del silencio.
Te perdías en la niebla de la guerra, esa guerra injusta que había abierto tantas heridas, el tajo sangrante que nos separaba, tus pies lejanos hundidos en el barro del tiempo, sin límites, limitando nuestros anhelos, para quedarse con tu voz, que ya no recordaba.
Te vi llegar a mi encuentro y, sin embargo, eras solo un fantasma que desgarraba mis noches sin consuelo.
Al otro lado de la ventana la mañana bailaba una danza antigua.
Te vi regresar sobre los bordes del recuerdo, mientras cruzabas los abismos de la sangre que logré tocar con mis dedos cansados. Tan solo un instante.
En silencio, volviste a internarte en esa bruma, densa, quieta, que se había instalado detrás de los vidrios de mi ventana desde el día de tu partida.

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