La quietud de la siesta

Se había entregado a una siesta liviana, sus patas buscaban relajarse por encima de los sonidos cotidianos. Cada mañana, se perdía en la tibieza de su mundo, ese rincón de la vereda en el que su nombre mutaba, una y otra vez, sobre las baldosas flojas.
Más tarde, cuando regresara del mutismo del sueño, su cuerpo se haría parte los movimientos del barrio, oliendo sus formas, lamiendo sus texturas para reconocerlo.
Después, al atardecer, se volvería nuevamente sombra en el murmullo, para adentrarse en la boca de la noche y ser la voz que revela los secretos de la oscuridad.

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