“Historias detrás de las puertas (XVIII)” Los cuises

Los restos de una palabra descansaban sobre los escombros. Se trataba de una palabra pregnante sobre el silencio, una voz que arrastraba a otras desde los jardines del tiempo. Y escondía un grito. Los cuises seguían allí, obligándola a permanecer entre las paredes de aquella vivienda abandonada, ocultándola debajo de la tierra para asegurar la inmovilidad del verbo, para evitar que una trampa del lenguaje cambiara el destino de aquel sustantivo.
Las sombras de sus rostros se habían convertido en una mancha oscura sobre las paredes y sus ojos continuaban espiando, como si todavía habitaran en aquella madriguera para custodiar el destino de la palabra que los abarcaba por completo. Y, aunque habían intentado destruirla, no pudieron con ella.
Adentro, en los rincones de la oscuridad, sobre los lados de cada grito, las sílabas se alargaban y acercaban sus letras, como si estuvieran vivas sobre la sangre derramada, como si las voces, que las guardaban dentro de sus bocas fantasmales, se hubieran unido para dejarlas salir por las rejas del tiempo.
Detrás de la puerta, el rayo de una palabra viva había fulminado a los “asesinos”, cuyos nombres cayeron como sombras desde los límites de un verbo enredado en la muerte.

El viaje de un sueño

Esa tarde, un sueño liviano se desprendía desde su centro. La brisa lo obligó a elevarse unos centímetros, tan solo un desgarro que lo apartaba de lo cotidiano para volver a comenzar. Se cumplía un ciclo. Lejos de allí, en la tierra fértil de los deseos, caería la semilla capaz de hacer germinar aquel sueño liviano.

Percepción 2


En ese instante de espera se abrían todas las posibilidades. Un abanico de líneas inciertas se extendía desde los bordes de sus alas. Los ojos buscaban el lugar exacto donde sucederían los próximos pasos. La atención puesta en ese segundo verde, solo en ese, para poder avanzar. Un sonido cercano vibró en los márgenes de su cuerpo, la superficie tembló, blanda, debajo de ella. Solo entonces percibió que la única posibilidad era volar por encima de su enemigo.

Asimetría

En la asimetría de aquellas palabras, escritas en el aire con la ligereza de sus alas, el paisaje tomaba forma y sus contornos se volvían invisibles, como si no hubiera límites en la flexibilidad del lenguaje.

Escalones

Puso sus pies descalzos en el primer escalón.
La energía almacenada en su cuerpo recién estrenado lo ayudó a subir rápido. Paso a paso, fue ascendiendo por la inmensa escalera vital que lo contenía.
Cada aprendizaje, cada novedad, cada logro lo elevaba. Disfrutó con cada uno de los encuentros fortuitos que el destino le tenía preparado.
La felicidad y más tarde la pena fueron parte de ese ascenso que fortaleció su espíritu.
Su vida escalonada de éxitos y de fracasos, de verdades y de mentiras, de alegrías y de tristezas, se extendía más allá de lo visible.
Las pisadas desdibujadas de aquello que dolía también fueron parte del ascenso.
Porque subir era muchas veces bajar. Se trataba de descensos sabios, que invitaban a detenerse, a disfrutar de las delicias ocultas entre los peldaños.
Retroceder era ascender, para elevarse había que abrazar la caída. Sus días fueron los escalones del tiempo.
La marcha se fue haciendo lenta y el cansancio detuvo el ascenso. Ya había aprendido mucho, ya había vivido todo.
La escalera vital que lo contenía se esfumó dejando la borrosa sombra de los escalones vividos.
Puso sus pies descalzos en el último escalón y se entregó al abismo.