“Historias detrás de las puertas (XIX) ” Los cisnes

Guardaba su nombre en un cajón de mi cómoda. Por encima, un pañuelo de seda roja lo cubría y apretaba las letras, tan solo para retener el recuerdo de su perfume.
Cada noche lo encontraba en el interior de esa tela suave, tan suave como sus labios, que seguían repitiendo en mi memoria la imprudencia de aquel beso. Un beso prohibido, con el sabor de la culpa. Como cisnes que nadaban en las aguas de la desdicha, nuestros cuellos se habían entrelazado para dibujar en el aire un corazón roto. A unos pasos estaba ella, su prometida, esperándolo. Sus pies giraron de repente eligiendo el camino para dejarme a un costado convertida en estatua de barro.
El viento desparramó las palabras, que con el tiempo viajaron de boca en boca repitiendo una historia inventada, manchada con el barro de aquella estatua en la que me había transformado. Y, sin embargo, yo sólo guardaba su nombre. Esa era la única verdad.
Alguien llamó a la puerta. Fueron tres golpes tímidos sobre la madera que dejaba caer los rumores del barrio. Tres golpes que aceleraron mis latidos y me pusieron en marcha como si la espera hubiera terminado.
Me levanté despacio, tanto como mi cuerpo cansado me lo permitía. El pasado se colaba por la cerradura, una luz difusa llegaba desde la calle y se perdía en mi memoria.
Tomé la llave que colgaba en el marco de un cuadro. La introduje en ese orificio luminoso para abrirle la puerta, por fin, a aquella historia callada.
La sombra de su cuerpo joven se desvaneció a mis pies, justo sobre el umbral. Desde allí, la vi rodar por encima de la vereda hasta que desapareció detrás del cordón para perderse en los límites de mis recuerdos.
Al otro lado de la puerta, los ojos de un anciano se llenaron de preguntas que cayeron sobre mis manos, las lágrimas de barro se escurrieron hacía el suelo.
En un cajón de mi cómoda todavía guardo tu nombre, le dije.
Y esas palabras le bastaron para reconocerse en la oscuridad de su noche.

El revés de las palabras

Podría dejar salir mi voz, encerrada en los intentos. Los labios apenas abiertos dibujan letras recostadas sobre el fondo y se disponen a emerger, pero no pueden.
Podría atreverme a soltar las palabras, sin embargo mi rostro las retiene en sus gestos y ellas quedan atrapadas en surcos de bronca que las reflejan.
Podría encontrar las formas de no herirte con mi silencio, buscar el sonido justo para liberarlas, dejar que sucedan.Pero no puedo.
De pronto, en un momento inesperado, te descubro ahí, por encima de mi enojo, reteniendo en el espejo de tu mirada el otro lado de mis palabras, que se desatan y se animan a revelar el porqué de mi silencio.

Pasos hacia la noche

Te escapabas con el último grito del sol. Atrapado en las nubes del recuerdo intentabas regresar. Dudabas. Y, sin embargo, tus pies se encaminaban hacia la noche. Era allí donde volveríamos a encontrarnos.
Después, amaneceríamos en el mismo punto del horizonte.

Sólo espinas

Se buscaron a través de sus ojos. Midieron en el saludo la longitud de las distancias que los separaban. La flor guardaba entre sus pétalos el perfume de los recuerdos.
El aroma se perdió en el silencio y la rosa cambió de mano. Se encontraron en un instante helado, vacío de olores.
Después, avanzaron sobre las baldosas del camino compartido, intentando recuperar las voces ausentes.
No hubo palabras. La espina de la traición se había clavado en su alma. Recuerdos sin perfume.
Los pétalos cayeron lentos sobre aquella vereda de la vida y dejaron sobre el suelo los trozos de un secreto revelado.
Ya no había rosa. Sólo espinas.

Fragmentos de tiempo

Su corteza exhalaba palabras disociadas, fragmentos de tiempo que afloraban sobre la superficie y se quedaban allí, latiendo minutos de vida.
En cada una de las fisuras dormía un silencio y crecía un recuerdo, resquebrajado por la fragilidad de su memoria.
Su piel era el mapa que conducía al origen, a los bordes de aquella semilla que, alguna vez, lo vio surgir desde la oscuridad.