“Historias detrás de las puertas (XX)” Los buitres

La historia se había descosido por completo, los hilos sueltos, desatados, sin nudo que los contuviera. Y en esa laxitud sin sentido caían los rostros deformes de los buitres, cuyos ojos descansaban sobre un suelo inmóvil, flojo.
Abrí la puerta de la casa vieja donde habitaba la sombra de un secreto. Entre las hilachas de mis recuerdos se escondía el principio, que pesaba sobre mis hombros como un coro de voces repetidas. Esa letanía densa y lejana era parte de mí y de esos ojos que me espiaban desde las paredes.
Una mentira fue el origen de otra y ésta de otra más, un carretel de mentiras que se alineaban sobre una tanza transparente, invisible.
En un rincón de la cocina pude distinguir ese carretel. Sin hilo. Avancé sobre el mosaico crocante, los vidrios se pegaron a las suelas de mis sandalias. Me estiré intentando alargar mi brazo hacia el desenlace.
Cuando lo tuve en mis manos supe que ese había sido el principio. Una cadena de palabras se abrió paso sobre mis sentidos dormidos. El hilo de los recuerdos comenzó a tirar desde el hilván de mi memoria y entonces pude leer otra historia.
Tomé la punta de ese primer hilo y la introduje en la aguja de mis deseos.
Una puntada llevó a la otra, mientras la vida se desenredaba, palabra por palabra, y daba forma a una nueva trama.

Disposición

Avanzaba. Los ojos bien abiertos, el impulso enredado en sus patas, las alas dispuestas, listas para elevarse, y en el aire un zumbido monótono, como si fuera el eco de las voces que la esperaban en una colmena donde sucedía la vida, a pesar de la muerte.

Origen

Escondida en las ramificaciones de sus miedos estaba la raíz, expandiéndose por debajo de lo visible, como si no existiera.
En la superficie, asomando apenas, los tallos de la memoria sostenían las hojas sobre las que transcurría la vida, justo donde se escuchaban las palabras que provenían desde abajo y se enredaban en el recuerdo.

Punto de fusión

Todo giró de repente, un salto por encima de la dualidad fusionó las apariencias en un mismo plano.Los lamentos del paisaje, enredados en las copas de los árboles, se sumergieron lentamente, mientras tomaban pequeñas partículas de alegría. Arriba y abajo, la risa y el llanto superpuestas en una imagen especular, confluían para representar la totalidad del espacio.
El agua absorbió cada partícula de cielo y se convirtió en aire, que tomaron las hojas, nuevamente agua sobre su reflejo.
Cada cosa, apenas un fragmento sobre el espejo, buscaba su par para completarse en los giros de la vida.

Apertura

Cerraba su boca. Los dientes apretaban el motivo, un desgarro de emociones se alojaba en su garganta anudada, justo donde la voz dormía sus formas.
Adentro sucedía la vida, célula contra célula chocándose en esa sangre que gritaba entre los intersticios de silencio.
Una palabra liviana logró abrir el candado, el rumor se volvió cercano, la voz por encima de la voz, la emoción liberada a través del candado, soltándose para expandir el sonido de aquello que permanecía guardado.

La hendidura

Logró atravesar los límites de esa hendidura que se había abierto entre los pensamientos, tan solo un hueco de incertidumbre en el follaje de su destino. Luces y sombras. El origen y la consecuencia entrelazándose sobre la continuidad del tallo que lo sostenía.
Paralizado por aquello que iba a dejar atrás, se aferró a la textura conocida.
Sus dedos resbalaron sobre las palabras y fue entonces cuando se descubrió del otro lado de sus pensamientos, libre, como un árbol que ha entregado sus hojas al otoño, para regresar.

El espesor del silencio

Había un silencio espeso en el aire, el viento se había quedado quieto, sin palabras. Sobre el borde de las hojas podía percibirse un murmullo, un cosquilleo de voces que intentaban elevarse por encima del mutismo.
Fueron las primeras gotas de lluvia las que dieron comienzo a una conversación repetida, el agua sobre el espesor del silencio para despertarlo, el movimiento sobre la quietud, el sonido de la tormenta cuestionándolo todo.
Después, un remolino de palabras se convertían en viento y aligeraban el aire mientras levantaban vuelo para atravesar los contornos del silencio.