Cicatrices

Estiró sus brazos. A pesar de su pena la herida marcaba su rumbo. Arriba se estiraban sus deseos, igual que abajo. Las sombras acompañaban la longitud de sus intentos, como si fueran parte de la luz y la reflejaran.
En el extremo de su existencia, por encima de las palabras que lo constituían, el tiempo transformaba la pena, tan solo un hueco sobre la madera.

Ascenso

Trepaba. Se aferraba a la rugosidad de muro que la sostenía, mientras se alejaba del origen. El sonido de su voz permanecía en el punto de partida y, sin embargo, ascendía movida por ese rumor de palabras que le indicaban el camino, para ramificar sus posibilidades y ser una con la tierra que la vio nacer.

“Historias detrás de las puertas (XXIII)” Las hienas

En sus oídos dormía un secreto que cada tanto sentía morir en su boca. Era un secreto sin forma, blando. Las voces que lo habitaban se balanceaban por dentro. Intentaban escapar, una y otra vez, recorriendo los túneles de su mente, deslizándose por el tobogán de su lengua.
No se atrevían, en definitiva estaban hechas de silencios.
Las manos sabían, ellas sí, que había que atajar a las palabras cada vez que buscaran huir por alguno de los agujeros de su cuerpo.
Cierta tarde, la presión del secreto sobre su cabeza desató una explosión inesperada, súbita, como la muerte misma. Las palabras se desparramaron inconexas, formaron oraciones sin sentido y comenzaron a danzar, sintiéndose libres por primera vez.
Los oídos se destaparon, la mandíbula floja dejó caer sobre su lengua la punta del secreto, tan solo un fragmento que arrastró a los otros y los depositó en el suelo.
Algo brillaba debajo de la puerta y se animaba a avanzar hacia afuera, a pesar de la angustia que todavía le provocaban las risas de las hienas, a pesar del vacío que sentía en su cuerpo.

Ritual

El tiempo se ramificaba desde el centro, a la hora exacta de nuestra despedida, justo cuando dos hojas jóvenes se atrevían a la vida. Los minutos de esa hora saltaban confundidos entre las ramas secas y arrastraban segundos inciertos, prolongados en el vacío.
Regresabas sin regresar, inmóvil en ese tiempo quieto.
Ramificado en mis recuerdos, te veía crecer sobre el borde de esas hojas que me recordaban, cada tarde, la hora de tu partida.

La mano amarilla

Colgaba desde un hilo invisible. Sus dedos amarillos abiertos en el centro, convocándolo, la mano detrás de otra mano, más blanda, más lejana, más real. Ella seguía allí. Su voz lo atraía como una fuerza imposible de evitar, como un viento viejo. Él se acercaba con miedo. Alguien hablaba sobre el silencio, un relato conocido caía sobre sus oídos y le recordaba aquello que prefería olvidar, las luces, la lluvia, el auto sin control, los gritos sobre su mutismo, el pozo sin fondo, la lluvia, el golpe y el silencio. Sobre todo el silencio.
Ella seguía allí, su mano amarilla colgada intentando otra vida, en los límites de la muerte .Y él se acercaba para encontrarla.

Primer vuelo

La flor blanca señalaba el camino como una flecha. Por momentos, la brisa que me acompañaba cambiaba el sentido de mi única brújula y entonces un temor espeso se apoderaba de mí.
La noche avanzaba sobre el día y se tragaba su luz, un grito se apoderó del silencio y llenó el vacío para detenerme en ese hueco del bosque en el que me había perdido. Alguien me espiaba. Volví, la duda enredada en mi cuerpo pequeño y la luna buscándome desde un cielo sin estrellas.
La flor blanca se balanceó, como si ella misma dudara, la miré con una pregunta entre mis ojos. Me miró y balbuceó unas palabras que no llegué a comprender. Después, abrió sus pétalos y esparció su perfume. Me dejé llevar por ese aire nocturno, reconociéndome poco a poco, pluma por pluma.
Desplegué mis alas jóvenes, blancas, de lechuza que busca la noche para encontrarse y levanté vuelo por primera vez bajo la atenta mirada de mi madre.

Venganza

Se alejaba. La distancia de sus ojos me consumía. No era lo que me había confesado sino lo que había callado, o quizás todo eso junto, el silencio petrificaba mis emociones, afuera era igual que adentro. Ambos estábamos presos y formábamos parte de la misma cárcel.
Las huellas de sus pisadas me invitaban a seguirlo, a buscar nuestros sueños olvidados, y sobre todo, despertaban en mí un inquietante deseo de venganza.
A veces era necesario destejer las horas vividas para encontrar las respuestas.
Sin dudarlo, impulsada por esa voz que me arrastraba del otro lado de mis deseos, destejí esa red en la que me tenía atrapada, hilo por hilo, y me marché en su búsqueda.

Sin voz

Los hilos del tiempo se perdían en la boca de aquel túnel en el que te vi por última vez. Tu figura, arrastrada por la corriente de mis deseos, vacío sobre el vacío, desapareció delante y detrás de mis ojos, especialmente detrás de ellos, para convertirse en silencio.
Te dejé ir, envuelto en una red de hebras pegajosas, enhebradas con los restos de palabras que caían de mi garganta, el grito alargándose para salir, sin salida.
Caminé despacio, sobre la textura de la despedida, mis pies se detuvieron en las rugosidades del recuerdo y suavizaron tu imágen gigante.
Ahora sos parte del tiempo, viento que pasa y no lastima, tan sólo un susurro en el túnel de la memoria. Y yo, que no logro escucharte, te dejo allí, sin voz.

Atravesar el muro

Cada pieza mantenía un equilibrio justo, las partes sosteniendo la totalidad del muro, el esfuerzo conjunto, las voces del cemento encerradas en huecos de vacío y , por debajo, las palabras sutiles que se abrían paso sobre la tierra blanda, como un rumor que se animaba a romper el justo equilibrio para atravesar el muro.

Caminos clorofílicos

Brotabas. Una energía verde corría desde la oscuridad de tu silencio, las imágenes se entrelazaban como caminos clorofílicos, imposibles de alcanzar. En el fondo, como si de esa manera se manifestara tu esencia, fluía una savia nueva, ramificada en palabras con forma de hojas.