“Historias detrás de las puertas (XXII)” Los picaflores

El eco de un rumor colgaba de la puerta. Un picaflor batía sus alas y las palabras tomaban vida, una sobre otra, apiladas entre los granos de polen que llevaba en su pico.
Lo vio llegar temprano, cuando los rayos del sol comenzaban a iluminar su extensa noche. Lo presintió a través de los cristales, un beso suspendido en el aire, entre las plumas tornasoladas de ese pájaro en el que ella también habitaba.
Habían volado juntos, sus voces, libres de todo prejuicio, se elevaban en un canto tímido.
En el interior de esos cuerpos livianos se desvanecía una historia oscura, de amor y de muerte, sólo el brillo de aquellos ojos mutilados permanecía vivo, como una llama que era capaz de sobrevivir al fuego, como si ella misma se hubiera desprendido de otras llamas, dentro del fuego, por encima del odio.
El eco de un rumor colgaba de la puerta y cada palabra repetida era tan cierta como la vida, pluma sobre pluma, en los límites
de la muerte.

Recuerdos de aire

Soplaba un viento amable, llevaba una canción que caía sobre las hojas de los árboles. Se trataba de una melodía circular, de voces antiguas, como un eco que el aire guardaba en su memoria y repetía cada vez que lo necesitaba, tan sólo para no olvidar las palabras que lo constituían.

Siluetas dormidas

Las voces se atropellaron en el horizonte y cayeron sobre de los contornos del paisaje. Era allí donde aleteaban como fantasmas y se volvían sombra sobre el silencio, siluetas dormidas que deglutían las últimas palabras del día.

Comienzos

Se elevaban desde el origen, un punto escondido en el eje que las sustentaba. Allí estaba el comienzo, los deseos guardados en espirales, añorando la hoja que serían, vida por encima de la vida.
En la oscuridad de la noche un germen latía sus formas, paso a paso, cíclico, y más tarde se apagaba en el mismo punto de origen.