La mano amarilla

Colgaba desde un hilo invisible. Sus dedos amarillos abiertos en el centro, convocándolo, la mano detrás de otra mano, más blanda, más lejana, más real. Ella seguía allí. Su voz lo atraía como una fuerza imposible de evitar, como un viento viejo. Él se acercaba con miedo. Alguien hablaba sobre el silencio, un relato conocido caía sobre sus oídos y le recordaba aquello que prefería olvidar, las luces, la lluvia, el auto sin control, los gritos sobre su mutismo, el pozo sin fondo, la lluvia, el golpe y el silencio. Sobre todo el silencio.
Ella seguía allí, su mano amarilla colgada intentando otra vida, en los límites de la muerte .Y él se acercaba para encontrarla.

Primer vuelo

La flor blanca señalaba el camino como una flecha. Por momentos, la brisa que me acompañaba cambiaba el sentido de mi única brújula y entonces un temor espeso se apoderaba de mí.
La noche avanzaba sobre el día y se tragaba su luz, un grito se apoderó del silencio y llenó el vacío para detenerme en ese hueco del bosque en el que me había perdido. Alguien me espiaba. Volví, la duda enredada en mi cuerpo pequeño y la luna buscándome desde un cielo sin estrellas.
La flor blanca se balanceó, como si ella misma dudara, la miré con una pregunta entre mis ojos. Me miró y balbuceó unas palabras que no llegué a comprender. Después, abrió sus pétalos y esparció su perfume. Me dejé llevar por ese aire nocturno, reconociéndome poco a poco, pluma por pluma.
Desplegué mis alas jóvenes, blancas, de lechuza que busca la noche para encontrarse y levanté vuelo por primera vez bajo la atenta mirada de mi madre.

Venganza

Se alejaba. La distancia de sus ojos me consumía. No era lo que me había confesado sino lo que había callado, o quizás todo eso junto, el silencio petrificaba mis emociones, afuera era igual que adentro. Ambos estábamos presos y formábamos parte de la misma cárcel.
Las huellas de sus pisadas me invitaban a seguirlo, a buscar nuestros sueños olvidados, y sobre todo, despertaban en mí un inquietante deseo de venganza.
A veces era necesario destejer las horas vividas para encontrar las respuestas.
Sin dudarlo, impulsada por esa voz que me arrastraba del otro lado de mis deseos, destejí esa red en la que me tenía atrapada, hilo por hilo, y me marché en su búsqueda.

Sin voz

Los hilos del tiempo se perdían en la boca de aquel túnel en el que te vi por última vez. Tu figura, arrastrada por la corriente de mis deseos, vacío sobre el vacío, desapareció delante y detrás de mis ojos, especialmente detrás de ellos, para convertirse en silencio.
Te dejé ir, envuelto en una red de hebras pegajosas, enhebradas con los restos de palabras que caían de mi garganta, el grito alargándose para salir, sin salida.
Caminé despacio, sobre la textura de la despedida, mis pies se detuvieron en las rugosidades del recuerdo y suavizaron tu imágen gigante.
Ahora sos parte del tiempo, viento que pasa y no lastima, tan sólo un susurro en el túnel de la memoria. Y yo, que no logro escucharte, te dejo allí, sin voz.