Aire para un recuerdo

Sobre la superficie de aquel cielo blando se hundía un hilo de su voz. El sol se empeñaba en iluminar el recuerdo, sin embargo, se hundía, como si desapareciera delante de los ojos que lo miraban, como si las palabras que ella escuchaba fueran nubes que convertían en aire su recuerdo.

Corteza de palabras

Los rastros de un tiempo antiguo se extendían como líneas difusas. Las palabras habían sido seccionadas y, sin embargo, permanecían allí, sobre los huecos de silencio, en el lugar exacto donde nacía la esperanza. Desde lejos se oía una música sin límites, los sonidos enredados por debajo del sonido, las manos que buscaban rescatar a las palabras quietas y la danza del fuego apagándose con las voces, como si alguien las obligara a callar, como si debieran permanecer escondidas en la corteza, absorbiendo el olor de la la madera, repitiéndose en los círculos del tiempo para volver a manifestarse, huecas, como si fueran un agujero de silencios.

Canciones vegetales

Sobre la superficie de las hojas descansaba una música fresca, verde, que ascendía en círculos de clorofila y tomaba rumbos desconocidos.
Más allá, alguien recogía las notas y se fundía con esa melodía interminable.
Si uno prestaba atención, era posible escuchar su canto con olor a bosque, escondido en las nervaduras de cada hoja.

Hechizo

Sus ojos se deslizaban sobre la superficie de la luna. Los labios buscaban palabras esféricas que los convocaban. Ella las pronunciaba despacio.Él las repetía , como un conjuro en la noche. Era allí, en ese punto del cielo y del tiempo, donde sus voces se reencontraban, donde sus cuerpos se materializaban. Después, volvían a desaparecer sobre los bordes de aquella luna llena que los había hechizado y se perdían en el silencio de la muerte.

Atrapar la luz, atrapar un sueño

La luz se deslizaba entre las ramas, como si quisiera manifestarse. Ella atrapaba con sus ojos las partículas que colgaban de las hojas, brillo por brillo, y construía con ellas un sueño dorado, como el que sostenía entre sus dedos, redondo y dorado.

“Historias detrás de las puertas (XXIV)” Los grillos

La música brotaba de sus cuerpos como un quejido y, sin embargo, no era pena lo que sentían. Se trataba de una protesta tímida nacida de sus entrañas, un intento, una búsqueda detrás de esa puerta que los separaba.
Sus ojos se encontraron en el aire de la noche sobre ese manto de oscuridad que los cubría, sobre el sonido de esa canción que los convocaba. Las miradas se cruzaron por encima de sus miedos, justo en el lugar donde nacía ese sueño compartido. El viento replicó las voces, los grillos cantaron. La música atravesó las rejas que los separaban.
Fue un beso breve, como un quejido por encima de la pena, como un silencio donde nacen las palabras.

Las voces de la colmena

En los bordes de cada celda, sobre la intersección de sus palabras, podía leerse una historia de alas, de vuelos múltiples, cooperativos, de ojos que ven más allá de los bordes que limitan su destino, de sonidos que reunen, de voces suaves, como un murmullo que se enredaba en sus patas y levantaba vuelo.

El sabor de las palabras

Era tiempo de frutos, de sabores concentrados, de aromas escondidos, de jugos derramándose sobre el principio, esa tierra a la que pertenecía, el origen. Quizás por eso dejaba caer sus palabras, gota a gota, y se volvía voz en sus semillas, capaces de perpetuar las verdades de su esencia.

La trama

Todo estaba conectado. Las palabras pronunciadas tejían la trama de la historia. En el centro el nudo, la superposición de las voces, apuradas por sostener el argumento. Mucho más allá el desenlace, el final inesperado, tu voz apagándose, el silencio, el punto y el vacío al que me atreví a saltar para no dejar rastros sobre las trama de esta historia.