Presencia mitológica

Adherida a la corteza, la extraña presencia miraba a través de su único ojo. Quería conocer el lado claro del árbol, de ese árbol en el que transcurrían sus días. Deseaba extender su cuerpo rugoso, olfatear el entorno, absorber sus aromas, desplegar sus alas invisibles y volar lejos para arribar, por fin, a aquel universo mitológico al que pertenecía.

Abrazo

Era en ese abrazo, en cada uno de los puntos de contacto, donde sucedía el encuentro, piel sobre piel, aproximando la textura de las palabras guardadas en sus células.
Después, solo quedaba la huella de ese intercambio secreto, el rumor de las voces que permanecían en el aire.

La criatura del árbol

Asomaba. Su cabeza tenía la textura del tronco que le había dado vida. Curiosa, extendió sus orejas de madera, como si quisiera conocer el mundo de afuera, más allá de los límites del arbol que la contenía.
Cuando el ojo de la cámara la descubrió, se perdió entre las líneas y los surcos, como si no hubiera existido.

Lograste encontrarla?

El salto

Se preparaba para saltar y, sin embargo, su cuerpo estaba atrapado en la quietud.
A pesar de esa atadura que le impedía dar el siguiente paso, se dejó llevar por el impulso y un instante después saltó para sumergirse en un sueño acuoso.

“Historias detrás de las puertas XXVI” Las polillas

La madera crujía. Un sonido áspero atravesaba su entendimiento. Sentada frente a la ventana destejía su historia, hilo por hilo, punto por punto, como las polillas. Sobre sus manos caía el silencio, una madeja inconclusa que se extendía y abarcaba lo que estaba afuera, al otro lado de la puerta que la separaba de la vida.
Cada una de sus palabras había sido destejida, ya no había historia. Todo crujía, no solo la madera, también crujía el silencio que la ahogaba. Por eso siguió destejiendo, una y otra vez, hasta llegar al principio.
Aquella noche, había logrado regresar. Abrazada a la oscuridad de su cueva recordó en las llamas la forma de la esperanza, el punto de partida, el mandato de la tierra, su pasado y su futuro, recordó las voces perdidas en el tiempo y fue Eva sin paraíso mientras comenzaba a tejer una historia nueva.

Pintar las sombras

Había guardado en sus retinas los colores de aquel atardecer. Quería que sus ojos pintaran a la sombra que se acercaba a su mente y le oscurecía las palabras. Quería retener el sol para iluminar el nombre las cosas. Quería escribir en el cielo con letras de aire, tan solo para no olvidar. Quería que sus párpados apretaran los recuerdos, como si no pudieran escaparse a través de las pestañas, como si no fueran tan livianos, como si no existiera ese viento que los llevaba lejos, al lado oscuro del atardecer, sobre los contornos de la noche, a pesar de los colores que había guardado en sus retinas.