“Historias detrás de las puertas (XXXI)” El águila

Guardaba aquella fotografía en un repliegue de su inconsciencia. La puerta cerrada, el olor de la madera atravesando sus sentidos sobre el recuerdo. Quería abrir. Desde adentro, se aferraba al picaporte mientras buscaba escapar. Estaba débil. Sus manos resbalaban sobre el metal y buscaban respuestas. Un silencio asfixiante se apoderaba de su cuerpo. Por debajo, el humo corría. Era un río denso que se llevaba sus últimas palabras. Después, caía en ese pozo oscuro en el que se encontraba desde entonces.
Los ojos del águila reflejaban en sus pupilas la imagen de aquella puerta cerrada y todo se repetía en su memoria, como si fuera un mantra. Entonces se aferraba a sus alas y atravesaba la noche, con el picaporte caliente en sus manos cerradas.

Los libros, ese universo infinito

Existe un punto de encuentro en cada palabra, voces sobre voces que se rozan entre letras, ojos que buscan, oídos atentos a los rumores nacidos de las palabras, manos que tocan su anatomía para aprehender los contornos y las atraviesan.
Hay en cada libro un infinito de palabras, finas partículas de un universo compartido, nacidas en el borde de un silencio, allí donde es posible encontrarse.
Entre las páginas, un mundo de palabras, el infinito compartido en un punto de encuentro, autores y lectores reflejados en espejos de tinta.

Fecundidad

Se aferraba a la tierra, como si de ella dependiera su respiración y su pulso. Ella se entregaba y fecundaba sus deseos. Era en ese gesto, en ese intercambio de palabras asimétricas donde crecía el lenguaje de un planeta que se había quedado sin palabras.

Balanceo

Había secretos escondidos en esa redondez que desplegaba deseos amarillos, se escuchaban voces blandas atrapadas en los gajos, palabras jugosas balanceándose sobre las ramas, listas ser pronunciadas en el momento oportuno sobre una boca capaz de saborear los secretos.

Murmullos salados

Me busqué en esos fragmentos de tiempo donde convergían otras voces, de viento y de arena, murmullos salados que me llevaron lejos, a un vértice distante en el que, sin querer, me había quedado muda.

Nocturnos

La noche se había derramado sobre el suelo. Un silencio denso se estiraba sobre las voces subterráneas, los túneles impregnados de estrellas, el cielo cargado de palabras con gusto a tierra, el brillo de la luna absorbiendo otros brillos, de habitantes nocturnos, de gotas sutiles, de ojos curiosos deseosos de atrapar la perfecta sincronía de la noche.

“Historias detrás de las puertas (XXXI)” Los buitres

Escribía sobre un renglón oblicuo. Sus palabras caían en el vacío, precipitándose lejos de su memoria, para no morir otras muertes en aquella cripta sin nombre.
Su voz se alargaba sobre la superficie de una línea imprecisa, como si de esa manera pudiera atravesar las rejas y ver lo que había más allá de la puerta, donde nacía el silencio.
Un impulso desconocido la dominaba, sus pies avanzaban por encima de la hierba húmeda para resbalarse sobre ese renglón sin palabras. Mientras tanto, su mano derecha dibujaba letras que caían en el vacío y entonces sus pasos caían con las letras, que buscaban el olvido.
Ella estaba allí, en el mismo sitio en el que su vida se había detenido, se veía llegar a destiempo con preguntas antiguas, se veía caer de un auto sin rumbo para dejarse ir, una y otra vez, en un ciclo sin tiempos, en las palabras de los buitres, en el sonido de sus alas, en esa rítmica transformación de los cuerpos, unos sobre los otros, detrás de las rejas, más allá de la muerte, en una cripta sin nombre.