Té con limón

Podía recordar su forma. Un aroma distante se mezclaba con los recuerdos, que se atropellaban y caían como gotas sobre mi mente inquieta. La presentía por encima de mi cabeza, salpicándome con las voces que la habitaban, las mismas voces que se me escapaban, una y otra vez, para perderse debajo de aquel árbol donde habíamos compartido la ceremonia del té.
Allí, entre las hojas, o quizás un poco por debajo de ellas estaba la abuela. Quieta, sin forma. Sus ojos fijos en las nubes, como marcando un camino en el cielo. Y yo muda, un grito ahogado en la taza, la mirada baja para no ver los ojos quietos de la abuela, para no perderme en el silencio de aquella tarde, que todavía me salpica con sus palabras prohibidas, mezcladas con el olor de un té con limón.

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