La escucha

Las voces llegaban desde lejos, un entramado de palabras hilaban su destino. Como una red laxa, se introducían en su interior para despertar sus sentidos. El invierno estaba próximo, había que guardar los últimos renglones del otoño, el imperceptible sustrato de la primavera que anidaba al verano.

Descomposición

Guardaba palabras en su esqueleto blando, se las llevaba.
Atraída por los círculos de la memoria se convertía en ofrenda, la vida y la muerte fundidas en el punto partida, tan sólo un regreso, sus formas diluyéndose en la tierra que la vio nacer para reinventar su destino.

Partición

El camino se había partido, sus fragmentos conservaban las pisadas, huellas imperfectas de aquellos que lo transitaron.
Dentro del túnel, flotaban los restos de un tiempo inmóvil, voces apretadas sobre las paredes blandas, contraídas, para que nadie pudiera escuchar.
En los bordes de ese agujero del paisaje crecía una cicatriz, como si fuera un silencio necesario.
Del otro lado, las huellas se alargaban y arrastraban las voces partidas más allá del tiempo para resucitarlas.

Latidos

Quedaban pocas cosas por decir. Sus nervaduras conservaban el latido de la savia fresca y dejaban escapar palabras que corrían lentas hacia los márgenes. Sobre la tierra mojada crecían las estrofas de un poema de invierno.

Abundancia

Había deseado. Un sueño fértil sobre el suelo de primavera tomó forma y creció. Las palabras se entrelazaron y dieron vida a un lenguaje abundante, cargado de metáforas que colgaban como deseos nuevos, voces amarillas dispuestas a hablar.

Arrogancia

Crecía con arrogancia, su tallo elevándose por encima de todo, sus hojas enredadas en los deseos ajenos, como si fueran sombras, como si necesitaran distanciarse del origen, un punto lejano en el orificio de la maceta, para subsistir.

Marcas

Avancé sobre aquellas palabras pétreas que descansaban en un rincón oscuro de mi memoria. Junto a ellas, a unos centímetros de mi recuerdo, las marcas se abrían como huellas ásperas, rayas cruzadas con las voces, voces pegadas a la dureza de las palabras y yo avanzando sobre el recuerdo para ablandarlas.

“Historias detrás de las puertas( XXXII)”Los cuervos

Lo vio llegar desde otro tiempo, sus rasgos perdidos entre arrugas y pliegues. Los cuervos se aproximaron al rancho, las palabras cayeron lento y pausado. Alas negras sobre una piel gastada. Lo vio acercarse con el peso de una vida incompleta, el mate sin cebar en su mano derecha y atrás, justo sobre el aleteo de las aves, un poco por encima de sus picos, el futuro desarrollándose como un presagio oscuro.
Se puso de pie para espantar esa imagen, un viento negro lo impulsó hacia adentro. Cerró la puerta con llave y se acostó a dormir. El sueño tardó en llegar, la fuerza de sus brazos jóvenes adormecida entre las sábanas. Los cuervos espiaban y repetían una mantra.
Ella golpeó, dos veces golpeó, como le habían indicado. Detrás de las cortinas alguien la miraba. El viejo la reconoció, ella guardó silencio y esperó. Los ojos hablaban. Allí estaba él después de todo y sería suyo. Los hechizos de amor a veces fallaban.

Tramar

Tejía. Un hilo al lado del otro, el eco de sus patas repetido como una huella imborrable, la trama de su destino desplegada en una red sin fronteras.
Tejía voces y sus palabras se enredaban entre las hojas hasta alcanzar los ángulos, rincones perfectos en los que encontraban abrigo.
Tejía silencios pegajosos y sobre el vértice de sus instintos, cazaba a sus presas; la búsqueda y el encuentro, la tela balanceándose, una conversación entre hilos peligrosos, la red muda y en su superficie, tan solo la huella de un camino destejido.