Confluencia de voces

La vida adquiría volumen sobre un repliegue de la muerte, como si ambas pudieran tocarse en un instante fecundo. Era esa confluencia de palabras la que convocaba a las voces guardadas en la memoria de la tierra.
Entonces ya no había muerte sino regresos.

Enojo

Giré adentro de aquellos remolinos sonoros. Las voces provenían del centro, eran trombas de palabras cortas, replicadas en el embudo de mi enojo.
Giré el encierro mientras respiraba gotas en movimiento. Resbalé sobre los grises y me aferré a un silencio.
Después, fui viento sobre el viento, pura palabra esparcida en el mutismo de la tarde.

Ventanas en el suelo

La lluvia abría ventanas sobre el suelo. El hueco invitaba a sumergirse en ese charco de palabras mojadas, a saborear la intermitencia de las gotas, como si en ese recorte del tiempo flotaran posibilidades invisibles a la luz del sol.

Intercambio

Intercambiaban palabras de aire. Un diálogo invisible flotaba alrededor de las hojas, los átomos dispuestos a esa conversación eterna.
Ida y vuelta, como una música que sostenía la respiración del paisaje.

Sombras de amor

Se proyectaba en siluetas de sombra, su mirada perdida sobre las luces del muro, las curvas expandidas en las rectas.
De pronto, alargó uno de sus brazos y lo introdujo entre dos líneas paralelas, como si buscara la última caricia. Las rejas cedieron en el reflejo. Su cuerpo avanzó por un laberinto de límites imprecisos y se disolvió en la textura de aquella voz, hueca de sonidos.
Llovía sobre el patio de su prisión. Las gotas rodaban un beso, como lágrimas que lastimaban al caer por los bordes de su mejilla.
Encerrado en el delirio, flotaba en las sombras proyectadas por aquel amor herido.