“Historias detrás de las puertas” Los teros

Un silencio áspero crecía al otro lado de la puerta. Las voces, que colgaban como fantasmas, se habían precipitado con los restos de pintura, una arriba de la otra, ahogándose en ese polvo de tiza cargado de mandatos.

Aquella mañana alguien llamó desde la vereda, un golpe de palmas. El nombre prohibido viajaba en una carta. Los teros chillaron, como si de esa manera protegieran el nido. La carta cayó. Un aleteo seco arrastró las palabras. Y el nombre.

Una sombra se movió en el hueco de la ventana y recogió las palabras caídas. Ella sabía, a pesar del silencio. Él seguía ahí, al otro lado de las palabras, detrás de la puerta que los teros custodiaban día y noche para evitar el encuentro.

Mirna cruzó la puerta. Los teros gritaron, como una advertencia. Las miradas se cruzaron en un punto del árbol familiar. Una rama se quebró.

En la casa sólo silencio. Y los teros alargando las plumas para proteger el nido vacío.

Silencio sonoro

Atardecía. Un silencio sonoro cubrió la textura del paisaje.

En el subsuelo, una vibración seca, como un latido.

Era la tierra que germinaba las palabras sobre la delgada piel de la noche.

“Historias en carretel” Principio

Tiró de la punta de aquel hilo sedoso. Sus dedos resbalaron. Una palabra se había atascado, como un nudo. Volvió a intentar. La palabra cayó a sus pies. Unos ojos asustados intentaron rescatarla.

El carretel se movió apenas y comenzó a rodar sobre el silencio. El hilo se aflojó. Sus bocas se encontraron en el centro, como un principio, en la punta del hilo.

Lenguaje natural

El planeta exhalaba sus últimas palabras, una voz encima de la otra, como un grito de átomos y moléculas lejanas; el principio y el final en una misma vuelta, fuera del tiempo.

Aferrada a las últimas palabras, la vida se abría paso sobre la muerte y se expandía en un lenguaje nuevo.

Hijos

La naturaleza extendía sus lazos. Eran hijos que el viento desparramaba, nacidos de su vientre de tierra y de agua, como una necesidad y una certeza.