Tiempo de flores

Encerraba al invierno, su voz gélida deslizándose por líneas invisibles, escondidas en el eco circular de una semilla.
Encerraba al otoño que retuvo en sus brazos el latido de la vida.
Encerraba a la primavera, el nacimiento sobre la tierra, los tallos y las hojas, las flores encima de las flores, como si recordara los tiempos sucesivos, la siembra y la cosecha en una danza continua.
Encerraba al verano, a los pétalos en las alas de un pájaro solitario, el polen deslizándose por líneas invisibles para fecundar al invierno, para derretir el hielo y completar el ciclo.
Encerraba al fruto con sus semillas, como si una vez, muchas veces, lograran burlarse de la muerte y atravesarla.

Distancia

Había una distancia. Las palabras no llegaban a alcanzar las profundidades de su esencia. El silencio, en cambio, avanzaba sobre ellas pero no podía tocarlas.Y, aunque formaban parte del mismo círculo, coincidían apenas en márgenes ambiguos, como si uno fuera el espejo del otro, como si se encontraran en  esa distancia que los separaba.

Diálogo

El encuentro se había producido en un borde de la tarde. Sus pieles se buscaron, se fundieron en un abrazo del viento, una textura encima de la otra, la voz crujiente sobre un surco seco, la corteza encima de la corteza, sin fronteras en la extensión de esa geografía compartida.
Los restos pronunciaron sus nombres. Hubo un largo silencio.
Y los hilos de la vida comenzaron a enredarse en una trama nueva, como si a sus muertes les hubieran crecido palabras que invitaban a un diálogo pausado y fecundo.

La máscara

No sé si ha llegado el momento. Siento el haz de luz que atraviesa los poros de esta oscuridad sin fronteras. Un deseo nace desde el fondo de mi noche. Me vuelvo pequeño e invisible para avanzar entre los intersticios del miedo. Inspiro el principio de ese túnel que me llevará a la superficie. ¿ Cuánta tierra hay debajo de la tierra?
Todo se mueve. Dudo. Alguien crece desde la luz que me ciega. El pasado que habita dentro de mí se desmorona, los restos resbalan sobre mi cuerpo, el olor de mi piel se funde con el olor del barro que atravieso. Me convierto en barro dentro de la zanja de mi memoria. Aún así, crezco por encima de mis sombras, soy visible al otro lado de la máscara. Un sueño despierta en el centro de mis ojos, como una llamarada. El reloj contiene los límites del tiempo, las horas quietas en este segundo. Estoy decidido. Cruzo la frontera de mi cuerpo. Salto por encima de la cicatriz que  cruza mi rostro. La rozo con mis dedos, me sumerjo en su topografía, bebo cada uno de sus puntos inundados por mis lágrimas. Dejo caer la máscara que me ha  protegido hasta este instante. El fuego de la libertad vuelve cenizas las palabras. Me entrego al silencio, respiro sus pliegues, sólo para escuchar el sonido de mi cicatriz latiendo en mi mejilla, solo para que nadie vuelva a callarla.

Derrumbe

Supo tarde que aquel derrumbe de palabras era tan sólo un principio, como si al precipitarse pudieran atravesar el silencio de la muerte, como una siembra.

Presencias

Un grito rodó sobre las texturas del paisaje, las líneas se cruzaban.
Ella era ausencia en el horizonte. Sin embargo, seguía allí, como si fuera una palabra escrita en las nubes, como un murmullo de lluvia en sus ojos

Simbiosis emocional

Me  instalo en la raíz, en ese sitio oscuro al que pertenezco. Una sensación sin palabras se mueve dentro mío. No puedo nombrarla, la dejo crecer encima de mi cuerpo.
Mis brazos la sostienen, como si su presencia se ramificara sobre mis ramificaciones, como si absorbiera mis humores y se alimentara de los silencios.
Me instalo en mi tronco mudo, permito ese abrazo imprudente, la sensación abarcándolo todo, tan sólo para liberar  las palabras que callo, sólo para que florezcan más allá de mis raíces.